Desquiciados

Por Fernando Rospigliosi
Extraido de Peru21

El comportamiento de Ollanta Humala y de sus seguidores muestra en el último tiempo una perturbación que no puede ser analizada solamente con criterios racionales.

Las mentiras de Humala, por ejemplo, carecen de sentido práctico. Lo que hizo el domingo pasado, cuando llegó tarde adrede al debate y dijo que era porque los apristas se lo habían impedido, fue refutado de inmediato. Todos los medios transmitieron su lenta llegada y su pausa en una tienda. No hubo ninguna agresión aprista en el camino. ¿Qué sentido tenía mentir de esa manera a sabiendas que iba a ser descubierto al instante? Ese tipo de embustes probablemente se explique por un desequilibrio mental y/o emocional que no tiene que ver con las mentiras que nos suelen endilgar los políticos. Los políticos mienten o deforman la verdad en una elección para engañar a los ciudadanos y ganar votos, exageran y prometen cosas que no van a cumplir, niegan acciones que luego van a ejecutar, para no perder adhesiones. Pero no mienten para ser descubiertos y quedar como tramposos.

Mentiras y más mentiras
Una de las peores cosas que le puede pasar a un político es perder credibilidad. Eso se convierte en una barrera difícil de remontar. Ollanta Humala, que precisamente se ha beneficiado del desprestigio de los políticos, está haciendo todo lo que puede para arruinar su propia credibilidad con mentiras tontas, que no lo benefician en nada. Se puede entender que mienta respecto a las violaciones de los derechos humanos que cometió en Madre Mía. Si lo admite, agravará su situación penal y perderá votos. Pero no tiene lógica que mienta, por ejemplo, sobre su adhesión al general Juan Velasco Alvarado, como hizo hace poco. Al instante, varios medios de comunicación reprodujeron múltiples declaraciones suyas en las que mostraba su devoción al dictador. Este desapego a la verdad y apetito desenfrenado por la mentira debe ser parte de un desequilibrio psicológico que los especialistas deberían analizar. Pero políticamente es fatal, sobre todo para un candidato que se presenta bajo las banderas de la renovación de la política. Eso, sin duda, es parte de la explicación del estancamiento de Humala como muestran todas las encuestas. Mientras que Alan García ha duplicado su intención de voto con relación a lo que obtuvo en primera vuelta, Humala solo ha captado un pequeño porcentaje adicional a los que lo apoyaron el 9 de abril.

DE LA CHACRA A LA OLLA El asunto es que la imagen de mendacidad y violencia que proyecta Humala no solo es atribuible a él. Su vocero y virtual congresista Daniel Abugattás es igual o peor. Los bochornosos incidentes que propició el domingo pasado, agrediendo a periodistas, los culminó mintiendo -lo mismo que su jefe- de una manera tan burda, que de inmediato ha quedado en evidencia. Lo más significativo no es que exista un individuo como Abugattás, sino que sea un representante caracterizado del humalismo. Cada vez que comete una tropelía, de inmediato es protegido por Humala y otros miembros del informe conglomerado ‘nacionalista’. Como bien ha dicho Julio Cotler, el mensajero es el mensaje. Lo que nos está diciendo Humala a los peruanos es que si ganara las elecciones, el Perú sería gobernado a la manera de Abugattás: a golpes, insultos y mentiras. Aunque en verdad hay que reconocer que Humala ha logrado algo nuevo en el Perú, al integrar en un solo grupo político a toda la cadena de la coca. Desde los productores, representados por Nancy Obregón y Elsa Malpartida, hasta los consumidores, representados por Daniel Abugattás. Parafraseando a su admirado general Velasco, la coca va de la chacra cocalera a la olla humalista.

EVO REELECCIÓN Otro factor que está arrastrando a Humala hacia la derrota es la sumisión que ha demostrado hacia Hugo Chávez y Evo Morales, personajes repudiados por la mayoría de peruanos. Precisamente esta semana, Evo Morales desnudó sus verdaderas intenciones respecto a la Asamblea Constituyente que ha convocado en Bolivia. Sus partidarios manifestaron que uno de los cambios sería la eliminación del artículo que prohíbe la reelección inmediata. Ese es el quid del asunto. Todos los dictadores y aprendices de dictadores hacen lo mismo. Sostienen que la Constitución tiene defectos gravísimos y que para que el país progrese es indispensable cambiarla. Eso es una necedad, porque los países no prosperan o fracasan por culpa de la Constitución. Menos aun en lugares donde nadie respeta la mentada Carta Magna. Lo que quieren en realidad es concentrar todo el poder en sus manos y permanecer en él indefinidamente. Eso hizo Alberto Fujimori, eso hizo Chávez en Venezuela y eso quieren hacer Morales en Bolivia y Humala en el Perú. Lo único que busca el cambio constitucional es ‘legalizar’ la entronización de una dictadura.

SOLO CONTRA EL MUNDO Si errores como sus reiteradas y pronto descubiertas mentiras, un entorno deleznable y un manifiesto vasallaje a Hugo y Evo, han hundido a Humala, su increíble justificación se ha convertido en otro punto en contra. Según Humala su caída se explica por una gigantesca conspiración que une a los norteamericanos, los chilenos, la oligarquía peruana, los medios de comunicación, las empresas encuestadoras y todo aquel que ose criticarlo. Esa es otra sandez que solo entusiasma a sus seguidores más fanáticos. Pero no le ayuda en nada a conseguir lo que todo candidato tiene que obtener en una segunda vuelta, lograr que un porcentaje significativo de los electores que no votaron por él la primera vez lo hagan ahora. Es decir, vencer las resistencias que tenía antes.

VIOLENCIA Y RADICALISMO Contrariamente a lo que sería una estrategia bien estructurada para la segunda vuelta, Humala ha radicalizado nuevamente su discurso, centrando su propuesta económica en las nacionalizaciones, que quieren decir, en la práctica, estatizaciones. Es decir, repetir políticas fracasadas en el Perú y en todo el mundo. Con esto lo único que logra es reforzar al 31% que votó por él en primera vuelta, pero difícilmente amplía su base electoral. Al mismo tiempo, ha exacerbado su violencia verbal, insultando a diestra y siniestra, desde el presidente Alejandro Toledo hasta su oponente Alan García, pasando por periodistas y críticos de su campaña. Los periodistas son uno de sus blancos favoritos, desde los directores y dueños de los medios hasta los reporteros que cubren sus eventos. Esa violencia verbal es el caldo de cultivo para las agresiones posteriores que ejecutan sus partidarios, al candidato rival y a los periodistas. Los sangrientos incidentes del jueves pasado en el Cusco son consecuencia de esa creciente agresividad. Por último, las denuncias sin sustento de que se prepara un fraude electoral son parte de esta radicalización que pretende de antemano deslegitimar el proceso electoral democrático.

LO QUE VIENE Ante este irracional comportamiento, que no parece destinado a obtener un triunfo electoral sino una derrota, algunos han especulado que en realidad Humala ya se dio cuenta de que perderá y de que está tratando de agrupar fuerzas para volver a intentarlo el 2011. Eso no tiene sentido en un país como el Perú, en que casi nadie -y menos los políticos- hacen planes a mediano y largo plazo. En realidad, todo esto es coincidente con una pauta de comportamiento reiterado en nuestro país. Individuos y grupos actúan de manera prepotente, violenta y autoritaria para tratar de lograr lo que desean. Eso ocurre indistintamente en sectores de ricos y pobres, educados y no educados. No es patrimonio de una clase o grupo social. Si no, basta mirar el Congreso, donde abundan especímenes representativos se esa manera de actuar. En toda sociedad hay gente así. El problema es que en el Perú son muchos. No es probable que Humala esté pensando en el 2011. Lo más factible es que si sufre una derrota, denuncie fraude e intente desestabilizar al actual gobierno. Como difícilmente lo logrará, trabajará incansablemente para jaquear al nuevo presidente y hacerlo caer, como ha ocurrido con más de una docena de gobiernos latinoamericanos en los últimos años. Apoyo externo no le faltará en ese propósito.

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