El Brasil que nos preocupa
Por Daniel Larriqueta
Extraido de LaNacion
El 7 de diciembre de 1982, el Financial Times, el mayor diario de negocios de Europa, dedicaba un grueso suplemento a Brasil, titulado El gigante dormido empieza a despertarse . Decía: “Durante demasiado tiempo, Brasil se ha conformado con permanecer en las sombras. Ahora, que está al borde del estatus de supernación, sus líderes están haciendo un esfuerzo para que el mundo comprenda su potencial”. Trece días después de ese rutilante anuncio, el presidente del Banco Central del Brasil, Carlos Langoni, reunía a los banqueros en Nueva York para anunciarles que su país era insolvente. El enorme despliegue publicitario había terminado en fiasco memorable.
Ese empeño y esa habilidad de la clase dirigente brasileña por presentar a su país como candidato perpetuo a la grandeza nos han visitado insistentemente en los meses pasados. Proponiéndose como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, anunciando su vocación de liderar América del Sur y encabezando la movida de pagar toda la deuda con el FMI, el gobierno del presidente Lula ha redorado aquellos blasones. En 1982, las exageraciones terminaron en la insolvencia. Ahora asistimos a un espectáculo doloroso y más inquietante: San Pablo, la mayor ciudad del subcontinente, quedó por muchas horas fuera de la jurisdicción del Estado brasileño, con su población aterrorizada y su gobierno forzado a negociar con los rebeldes, que no son una facción política o una turba social, sino una enorme organización delictiva.
El derrumbe de 1982/83 encontró soluciones económicas ingratas, envueltas en una solución política mayor: el gobierno militar abrió el camino hacia la democracia, siempre portadora de la promesa de atender las necesidades populares o, en su defecto, garantizar la alternancia. En los veinte años siguientes la democracia brasileña se asentó y aun con el traspié de Collor de Melo los presidentes civiles consolidaron una sucesión ordenada en un clima de libertades y diálogo. Los dirigentes empresarios volvieron a seducirnos con su empuje y su creatividad, algo que solemos mirar con admiración desde aquí.
Grandes problemas estructurales de la sociedad brasileña fueron quedando sin solución. La formidable riqueza de algunas regiones y de las capas altas de la población no se acompañó con una paralela mejoría de los sectores pobres o indigentes. Esto convirtió a Brasil en el país más inequitativo de América del Sur, en medio de una euforia de negocios y consumo suntuario que también miramos desde aquí con cierto asombro. La articulación entre los muy pobres y los muy ricos quedó a cargo de un Estado con funcionarios muy mal pagados, un sistema de representación imperfecto y más propenso que el nuestro a la compra de voluntades y a una corrupción general. En ese cono de sombra -ya desaparecida la autoridad violenta de los gobiernos militares- la delincuencia creció, alimentada por la desigualdad y la ostentación.
Ese Brasil de dos velocidades tenía siempre a mano el recurso nuevo de la alternancia democrática. La alternancia, que en situaciones de aflicción se vuelve depositaria de la esperanza, tuvo ya desde las elecciones presidenciales de 1989 un protagonista que hablaba de la igualdad, de la dignidad, de políticas sociales que empezaran a resolver las grandes inequidades. Ese personaje era el Partido Travalhista, el PT, que ya en aquel turno electoral, con una concurrencia a las urnas del 85 por ciento del padrón, llevaba de candidato a la presidencia al dirigente obrero Luiz Inacio Lula da Silva. Lula fue derrotado por Collor una vez y por Fernando Henrique Cardoso en dos oportunidades.
La acumulación de tensiones sociales y las perturbaciones en la seguridad y en la transparencia de los asuntos públicos empujaron finalmente a la sociedad brasileña, con los sectores medios urbanos actuando como fiel de la balanza electoral, a consagrar a Lula presidente de la República. Fue un gozne. Los más pobres, los postergados, esperaban un cambio. Los más ricos temían tener que pagar esos cambios. Y los grupos financieros, que tienen lo principal de sus negocios en las operaciones de capital dentro y fuera del país, dieron por descontado, con fuertes caídas de los papeles brasileños, un cambio hacia políticas más populares.
La gran mayoría de esas mudanzas esperadas no se cumplieron. Todos los observadores coinciden en subrayar que los cambios sociales aportados por el gobierno del PT han sido nimios, cuando no inexistentes. Del otro lado, las grandes líneas de la política económica no se han alterado o, en todo caso, han tomado un camino inverso. La revaluación del real, las altísimas tasas de interés internas y las necesidades de fondos del gobierno han dado ocasión a grandes utilidades financieras durante el gobierno de Lula, acaso mayores de lo que pudieron ser en cualquiera de los gobiernos civiles anteriores.
Parece un paisaje mirado en un espejo invertido.
Si el gobierno del PT no aportó los cambios esperados, trajo, en cambio, los vicios que suelen acompañar a los aluviones de nuevos protagonistas del poder cuando no son muy rígidos los principios morales y republicanos: la corrupción subió hasta la cúspide del gobierno y parece teñir a todos los protagonistas. El cambio social tan esperado aparece mudado en simples cambios de beneficio personal.
Lo más inquietante de este pandemonium es la pérdida de la esperanza. Después de varios intentos fallidos de llegar al gobierno, el PT lo logró casi como una concesión de último recurso. Y una vez dado este paso, la sociedad se encuentra con un resultado no querido. Y la alternancia ha perdido su virtud, la de traer cambios, la de ofrecer novedad, la de alimentar la esperanza. Ni la pobreza ni las privaciones ni las dificultades prolongadas son potencialmente explosivas. Pero sí lo es la desesperanza.
En tiempos pasados, la debilidad de la democracia llevaba casi siempre a una “solución” militar. Ahora suele terminar en el populismo, que no es una enfermedad viral, sino autoinmune: la democracia que no satisface los cambios abre el camino a ensayos que la desmerecen. Esto es lo que venimos viendo en nuestra región.
La Argentina, nosotros, estamos muy cerca de Brasil.
Los dramáticos episodios de San Pablo no son sólo crónica policial. Hablan de la desesperanza, de la debilidad del Estado, de una grave crisis de valores. Y nosotros no podremos sustraernos a esas salpicaduras si no estamos muy atentos. Y aun así, incluso tomando todos los recaudos posibles, nada será mejor para la Argentina que una rápida y eficaz reacción de Brasil, porque lo necesitamos, porque debemos marchar juntos, con o sin programas de integración.
Lo que no debemos hacer, en todo caso, es dar vuelta la cara.


