La Argentina no sabe adónde va
Por V. Guillermo Arnaud
Para LA NACION
En 2006, la Argentina exportó por US$ 46.569 millones, que le aportaron un saldo favorable en el intercambio comercial de US$ 12.404 millones. Estas cifras aún deben mejorar.
La candidata Cristina Kirchner nos anuncia un positivo cambio en las relaciones exteriores de nuestro país. Tal vez consciente del tiempo perdido, de que el mundo avanza rápidamente y de que no nos espera, de que el paso del tiempo es irrecuperable, anticipa su posible política exterior con sus viajes, en una apertura al mundo, estableciendo contactos, dando conferencias, invitando a realizar inversiones en nuestro país, abriendo canales de diálogo hasta ahora no sólo inexistentes sino rechazados. Tomamos nota de sus declaraciones en el sentido de que la Argentina “tiene que volver a estar en el mundo”.
¿Cuál es la situación de la Argentina, bendecida por la naturaleza en su extensión, recursos naturales y humanos? Desde hace tiempo, la Argentina está en crisis: de educación, energética, de infraestructura, de transporte y ganadera. Hay un creciente deterioro ambiental, violencia e inseguridad personal y jurídica. No se hacen las indispensables reformas institucionales. Aumentan las perspectivas inflacionarias. Sigue la deuda internacional. La Nación está afectada por una permanente política de clientelismo político, con alto grado de corrupción.
No obstante sus problemas, la Argentina está en marcha, empujada por un temporario viento de cola en un mundo que atraviesa un particular período de su economía, impulsada por la globalización y la innovación tecnológica, con los términos del intercambio a favor de los commodities.
La tendencia, no obstante los temblores en los mercados mundiales, es que tal orientación se mantendría, con más incertidumbre y a un ritmo posiblemente inferior, en un marco de descarnado capitalismo, en el que desempeñan papeles principales China e India.
Fracasan la Ronda de Doha –la mejor opción para el progreso de los países, que es el multilateralismo– y las negociaciones para un acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. En ambos casos, los países en desarrollo, principalmente agropecuarios, pretenden la eliminación o reducción de los subsidios y medidas paraancelarias que aplican los países industrializados. No lo vamos a lograr hasta que primero, y sólo por su interés, Estados Unidos y la Unión Europea acepten que es oportuno hacerlo y decidan cómo.
El ALCA murió. Imposible conciliar los intereses y necesidades y acordar reglas comunes con las asimetrías de 34 países de América. Además, para EE. UU., América latina no es prioridad. No ha ofrecido financiación para el desarrollo ni asistencia técnica y transferencia de tecnología que, entre otros, fueron los incentivos prometidos cuando propuso el ALCA. Sólo le interesa la estabilidad de los países, sus recursos energéticos e hídricos, y venderles sus productos.
Existe una permanente política de doble estándar de los países del hemisferio norte. El libre comercio que predican no existe; su discurso es una hipocresía. Los países sólo son liberales en los sectores en los que son competitivos. Cuando no lo son, protegen su comercio. El proteccionismo es una distorsión del comercio, pero es una realidad fáctica: el interés local impera sobre el interés colectivo.
Sin ALCA y con impasse en Doha y con la UE., la Argentina está comprometida con el Mercosur, con arancel externo común, asfixiante, que impide a sus estados negociar libre e individualmente su comercio exterior y somete a sus países a limitaciones disciplinarias colectivas, que son violadas. Esta política ha desindustrializado y desnacionalizado a la Argentina. No ha cumplido con el objetivo de contribuir a su desarrollo y al bienestar de sus ciudadanos. El Mercosur fue polo de atracción para el mundo, pero el interés por las posibilidades que abría perdió impulso ante las crisis internas del grupo y las de sus miembros y al apreciar una ausencia de visión común, de responsabilidad regional, con omisión de respuesta a las posibilidades de intercambio.
En detrimento de terceros
Ante el fracaso temporario del multilateralismo, el mundo está dedicado a la concertación de acuerdos llamados “de libre comercio”, lo que es una falacia, pues al igual que los acuerdos regionales de integración son acuerdos preferenciales entre las partes en detrimento de terceros.
Chile es el país ejemplo. Con la menor corrupción en América latina, con poca superficie y población, su situación en el Pacífico facilita sus relaciones con los países de Asia y del Indico. Conforme a su interés nacional, a una política de Estado secuencial, a un permanente estudio de las necesidades y evolución de los mercados internacionales, ha logrado posicionarse en el mundo, alentando, tecnificando, diversificando su producción y exportación competitivas, desarrollando el país, aumentando el nivel de bienestar de su población y transformándose en Estado y con empresas inversoras en el exterior. Se inserta en el mundo con acuerdos de libre comercio con sesenta y siete países, en una diversificación de mercados que lo libra de la dependencia. Tiene acuerdo de complementación económica con el Mercosur, pero rechaza ser miembro pleno mientras éste sea una unión aduanera con arancel externo común. Bachelet declaró: “Ser miembro pleno significaría dejar de avanzar”. En 2006, Chile exportó por U$S 58.995 millones, con superávit comercial de U$S 23.021 millones.
Dado el incremento de la demanda de productos por parte de los países de Asia y del Indico y la limitada capacidad de producción de Chile con relación a tales requerimientos, sería beneficioso acordar una sociedad estratégica Argentina- Chile para, con la coordinada suma de exportaciones, tratar de satisfacer en parte la demanda oriental.
¿Qué pasa con la Argentina? Pierde la oportunidad de insertarse en el mundo. Tenemos una pujante economía interna estimulada por altos precios internacionales de nuestra producción agropecuaria, con repetido récord de producción de granos. Nos beneficiamos con clientes temporalmente necesitados de nuestros productos, que nos vienen a comprar. Somos entregadores, no vendedores. Ponemos límites a la libertad de comercio y a nuestras exportaciones de carne y cereales buscando bajar los precios del mercado interno. Pan para hoy y hambre para mañana, pues perdemos ventas, mercados conquistados en el tiempo y con trabajo, confiabilidad internacional y somos reemplazados. La inseguridad desalienta al productor y exportador, amilana al inversor, ocasiona pérdidas de trabajo. El país pierde recursos auténticos y el Estado, ingresos.
País que se aísla, que no aprovecha el momento, que no concierta acuerdos de intercambio, que no sigue el ejemplo de los ganadores, que no se incorpora a la dinámica mundial, pierde, retrocede y se paraliza en el subdesarrollo. Somos tradicionales exportadores de cereales, aceites y carnes, a los que debemos agregar valor y conocimiento agregado y cumplir requerimientos ambientales de producción y exportación, más muchos otros productos, incluso minería y tecnología, como en el caso de nuestras exportaciones de reactores nucleares. Debemos alentar la creación de pymes, que diversifican exportaciones y disminuyen la desocupación y la emigración de población capaz. Necesitamos una política de Estado de promoción de exportaciones, de lo cual poco o nada oímos de nuestros candidatos. Aumentar nuestra reducida participación global. Exportar supone mayor trabajo, desarrollo, bienestar de la población, obtener los medios para importar los insumos indispensables, medicamentos, repuestos, bienes de capital para que funcionen y modernizar nuestras industrias.
Guillermo Arnaud es autor del libro Mercosur, Unión Europea, Nafta y los procesos de integración regional.


