Ingresaremos en el nuevo mundo?

Por Mariano Grondona de La Nación

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Cuando el progresismo entró en el mundo moderno gracias a la revolución científica que lo incitaba, instaló en la humanidad la fe en el progreso, que nos haría necesariamente mejores según pasaran los años. Poco a poco, esta creencia se fue debilitando. Hay progreso necesario en la tecnología, sin duda, ya que toda computadora es superior a la anterior. ¿Quien podría asegurar, empero, que en la filosofía o en la música también avanzamos inexorablemente? ¿Stravinsky fue superior a Mozart? ¿Heidegger vio más lejos que Aristóteles?

Se pensó que al menos en el campo certero de la ciencia el progreso sería acumulativo. En 1962, sin embargo, el científico Thomas Kuhn publicó un libro revolucionario, La estructura de las revoluciones científicas, que puso en duda el progresismo hasta en la propia ciencia. Para hacerlo, Kuhn acudió al concepto de “paradigma”, definiéndolo como el esquema o modelo que una generación de científicos toma como telón de fondo de sus investigaciones. Cuando Newton descubrió la ley de gravedad, por ejemplo, su nuevo “paradigma” fue un universo regido por leyes inmutables.

Según Kuhn, empero, el universo de Newton era apenas eso: un nuevo “paradigma” también destinado a ser eventualmente reemplazado. Y así ocurrió cuando Einstein ideó la teoría de la relatividad, que hoy está siendo desplazada a su vez por la hipótesis del Big Bang, esa enorme explosión que habría dado nacimiento al universo. Según Kuhn, los paradigmas empiezan a debilitarse cuando no pueden dar cuenta de algún nuevo descubrimiento, al que primero se lo trata de minimizar como si sólo fuera una excepción hasta que las excepciones empiezan a multiplicarse. Cuando esto ocurre, probablemente un nuevo paradigma esté naciendo en reemplazo del anterior.

¿Prebisch “fue”?

El concepto de “paradigma” se puede extender a los más diversos terrenos, entre ellos, la economía. Por un largo tiempo, el paradigma económico que dominó el pensamiento latinoamericano fue la teoría de Raúl Prebisch sobre “el deterioro de los términos del intercambio”.

Prebisch procuró explicar el gran adelanto de los países desarrollados por el hecho de que, mientras ellos se concentraban en el desarrollo industrial, los latinoamericanos seguíamos concentrados en la producción de alimentos y materias primas. Prebisch acompañó su hipótesis con planillas en las que se veía cómo, año tras año, el kilo promedio de los productos industriales mejoraba su precio en relación con el kilo promedio de los productos primarios. A esta constante degradación de los precios primarios latinoamericanos le dio un nombre que se hizo clásico: “el deterioro de los términos del intercambio.”

De ahí a desarrollar una política agresivamente “industrialista”, aunque fuera en un país de extraordinario potencial agropecuario como la Argentina, no había más que un paso. Perón lo dio decididamente a partir de 1945.

Al igual que el paradigma de Newton, con el paso del tiempo el paradigma industrialista empezó a conocer significativas excepciones. La primera de ellas fue el súbito aumento de los precios del petróleo en los años setenta, que, después de una etapa relativamente tranquila, ha vuelto impetuosamente ahora. A pesar de él, se repetía la tesis de Prebisch reconociendo, eso sí, la “excepción” del petróleo. Sin embargo, en estos últimos años, debido al fenomenal progreso de países como China y la India, que está creando una demanda casi infinita de alimentos y de materias primas, las “excepciones” al paradigma de Prebisch se han multiplicado en un grado tal que cabe preguntarse si no ha llegado el momento de reemplazarlo.

En un libro que acaba de aparecer, La edad de la turbulencia , del ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan ( The Age of Turbulence, The Penguin Press, 2007), su autor explora los modelos de desarrollo que se están siguiendo hoy en el mundo. Esos gigantescos países en pleno desarrollo que son China y la India, cuya escala incomparable de demanda está en la base del auge de los alimentos y las materias primas que hoy refuta a Prebisch, han seguido dos trayectorias distintas pero comparables. Ambos han optado por exportar al mundo con la ayuda de inmensas inversiones extranjeras. Mientras China sigue el modelo de los “tigres asiáticos” -Corea, Taiwan, etcétera- de concentrarse en las manufacturas de exportación, la India ha elegido el mundo de los servicios, destacándose en la alta tecnología de las computadoras.

La diagonal

El nuevo paradigma privilegia el comercio internacional, que sirve de locomotora a los procesos de desarrollo interno. En América latina, mientras algunas naciones como Brasil y México ingresan de lleno en él, otras siguen atadas al esquema industrialista-proteccionista de los años cuarenta y cinco. Entre ellas, la Argentina.

El gobierno de los Kirchner continúa ateniéndose a la escala de prioridades que planteó Perón en 1945: primero, alimentar con bajos precios a la población que emigraba a las ciudades con sueldos insuficientes que provenían del Estado o de la ineficiencia de las industrias altamente protegidas; segundo, agrandar el Estado; tercero, proteger a toda industria, fuera competitiva o no competitiva; cuarto, si algo sobraba de alimentos, sólo entonces exportarlos. Pero muchos peronistas ya no piensan hoy como Perón hace sesenta años y como los Kirchner ahora, aunque no se animan a desafiarlos. El kirchnerismo puro viaja por su parte en dirección contraria, en una regresión ideológica cada vez más vecina al infantilismo peronista de los primeros días.

La experiencia de países como Brasil y Uruguay de que se puede alimentar a bajos precios a la población y exportar copiosamente al mundo al mismo tiempo, gracias al aumento constante de la producción, supera por su parte el falso dilema que ya no es “ruralismo agroimportador” o “industrialismo protegido”, porque la nueva metáfora que ha surgido es “la diagonal de la agroindustria”, una industria cada vez más competitiva y dadora de mano de obra que se base en el constante crecimiento de una oferta agropecuaria a la que ella dé su mayor valor.

Esta idea que refleja el nuevo paradigma económico mundial se abre camino también aquí en todas partes, excepto en una, la que corresponde al gobierno nacional, que sigue atado al viejo esquema de ganar votos en el presente a cambio del futuro. Mientras tanto, la producción de alimentos y materias primas avanza a pasos agigantados en el resto del mundo mediante nuevas “agroindustrias”, como la alconafta y el etanol, que podrían suplir nuestra antigua producción de petróleo, inviable ahora por la política “autista” de precios, al mismo tiempo que Brasil se está convirtiendo rápidamente en un gran país petrolero.

También es posible sustraerse del todo a la irrupción del nuevo paradigma mundial mediante la creación de un paraíso artificial aunque efímero de precios y subsidios que, alejándose cada más de la realidad, también nos aleje cada día más de esos países latinoamericanos que se están adaptando rápidamente al nuevo mundo y a los que mirábamos hasta hace poco tiempo, desde nuestra vanidad, por encima del hombro.

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