Podemos resistir la crisis de los mercados
Por Ricardo Lagos, ex-presidente de Chile para El Clarín
Lo que comenzó hace seis meses como una crisis del sistema hipotecario de la banca en Estados Unidos ahora está, al decir de muchos, incluido Greenspan, en una probable recesión, e incluso una estanflación, de Estados Unidos.
Los principales bancos han sufrido pérdidas tan considerables, decenas de miles de millones de dólares, que han debido inyectar capitales frescos, la mayor parte provenientes de los llamados Fondos de Riqueza Soberana (estatales) de los países petroleros de la península árabe y de Asia, como China y Singapur. Esta situación tendría consecuencias en el largo plazo en tanto que la propiedad de la banca de Estados Unidos pasaría a manos de estos nuevos centros financieros. Significaría el fin de una era.
Hoy la crisis hipotecaria se extiende y se expresa en una mayor contracción de la liquidez y dificultades cada vez más grandes para obtener nuevos préstamos, unido a una caída del consumo en Estados Unidos y —más preocupante— a una rápida subida del desempleo en ese país y en su tasa de inflación. Está por verse qué ocurre con las últimas medidas tomadas allí por la Reserva Federal. Según algunos analistas, la recesión ya habría comenzado. Existe una gran inquietud internacional, como se constata en Davos.
Las medidas para enfrentar tan preocupante escenario son diferentes a ambos lados del Atlántico. En Estados Unidos, la Reserva Federal (el Banco Central) ha bajado varias veces las tasas de interés para fomentar la inversión y el consumo y así frenar las fuerzas recesivas. Y, como no han producido el efecto deseado, los círculos gubernamentales discuten un paquete de medidas de estímulo económico al más puro estilo keynesiano.
En tanto, en el Viejo Continente, el Banco Central ha resistido hasta ahora, por temor a aumentar las presiones inflacionarias, la disminución de las tasas de interés sobre la base de que Europa no se verá tan afectada por la crisis de Estados Unidos, pues la economía europea se habría “desacoplado” de ese país y tiene mayor autonomía. Con todo, en las últimas semanas, pesaron los rumores de que bajarán, aunque en menor porcentaje, las tasas de interés. Así lo declaró su presidente, Jean Claude Trichet, antes de sus últimas decisiones.
Lo más sorprendente, además de que el salvataje del mundo desarrollado proviene de regiones en desarrollo, es que los países del BRIC (Brasil, Rusia, India y China), al menos hasta ahora, parecen totalmente “desacoplados” de los problemas norteamericanos. Todo ello parecería decirnos que ante la crisis estamos en presencia de escenarios muy disímiles y análisis muy diferentes.
Y frente a esto, ¿América latina, qué? Sabemos que en el pasado la dependencia de nuestra región de los grandes centros financieros internacionales, en especial de Estados Unidos, era de tal envergadura que muchos decían que un resfrío en Nueva York implicaba una pulmonía en nuestra América.
¿Será ahora distinto? ¿Podríamos decir, como creen los europeos, que estamos más inmunes debido a que la demanda de nuestros productos minerales y materias primas depende mucho más de lo que ocurre en Asia y Europa, que en Estados Unidos?
Para muchos, una recesión en Estados Unidos no afectará el precio de los productos primarios, pues éstos dependen ahora del nivel de la demanda en China y otros países asiáticos y emergentes.
Muchos piensan que estaríamos frente a un largo ciclo de crecimiento debido a la demanda de los productos primarios y, por ende, de altos precios de éstos. Esta situación sería similar a la del ciclo de fines del siglo XIX y comienzos del XX cuando el rápido crecimiento de Estados Unidos y algunos países europeos determinó un fuerte aumento en la demanda y precios de dichos productos. Hoy, ese rol lo estarían desempeñando China, India y otros países emergentes de rápido crecimiento, es decir, el repentino ingreso al mercado mundial de la mitad de la humanidad.
Por todo esto podríamos esperar un ciclo largo, de 15 a 20 años, de precios altos para nuestros minerales y productos alimenticios. Esto, por cierto, no nos haría totalmente “inmunes a los vaivenes de la economía de Estados Unidos”.
En 1930 creíamos en la teoría económica dominante y el patrón oro. La teoría fue un gran fracaso para nuestros países, los cuales perdieron buena parte de sus reservas en oro mientras “esperaban” que la teoría funcionara y corrigiera los desequilibrios. Esa lección histórica debería preocuparnos ahora.
¿Cómo harán nuestros Bancos Centrales para evitar el contagio? ¿Cuánto nos afectará la restricción crediticia del Norte? ¿Podemos trabajar para salir indemnes de esta crisis y terminar, por lo tanto, más fortalecidos económicamente?
Creo que sí. Partimos de una buena base, estamos menos endeudados que en la última década del siglo XX y su seguidilla de crisis económicas que nos afectó duramente. Pero ello obliga a hablar entre nosotros, a tener consultas entre nuestros gobiernos y autoridades monetarias sobre cómo actuar e intercambiar nuestras experiencias. Alcanzar así un diagnóstico común, fundado en la práctica de nuestros países que han resistido mejor el vendaval, y a partir de ello tomar las medidas necesarias.
Europa, Japón, la ASEAN y cada uno de los países del BRIC están tomando decisiones con impronta propia. América latina tiene la misma oportunidad. Podemos demostrar fortaleza económica y defendernos del contagio con nuestras propias medidas económicas, debidamente coordinadas entre nosotros. Es otra forma de pensar la integración con la mirada en el siglo XXI. Ojalá no dejemos pasar esta oportunidad. Sin políticas adecuadas nos podemos infectar y agravar tanto como en 1929. Si actuamos con realismo y creatividad daremos un paso importante en común. Se trata, ni más ni menos, de ser capaces de avanzar hacia una mayor independencia económica.


