Modelo para destruir países

Por Jaime de Althaus Guarderas para El Comercio

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Las acciones judiciales de la empresa petrolera estadounidense Exxon-Mobil contra la empresa petrolera venezolana (PDVSA) a raíz de una expropiación reciente, es una señal de los límites que va alcanzando el demagógico juego venezolano, pero a la vez le permite a Chávez distraer nuevamente a la opinión pública interna de los desastres ocasionados por su gobierno, presentando las acciones de la Exxon como una feroz agresión imperialista contra Venezuela.

Porque, la verdad sea dicha, la situación interna en Venezuela es para llorar. Los controles de precios, sumados a un conjunto de intervencionismos, han llevado a que la gente tenga que hacer colas de 4 o 5 horas para conseguir leche y otros productos de primera necesidad. ¡Esto en un país que recibe un diluvio de petrodólares! Para que haya aguda escasez de alimentos en una economía que ha recibido la astronómica cifra de 300.000 millones de dólares de ingresos petroleros desde que Chávez está en el poder, hay que haber cometido todos los errores de política económica imaginables. Por supuesto, con las colas la popularidad de Chávez se desploma, por más que le eche la culpa a las empresas. Y con la inflación: Venezuela tuvo el año pasado la más alta de América Latina, 23% según las estadísticas oficiales, siendo la de alimentos no menor al 40%. Cómo no ha de ser así si el 2005 el gobierno consiguió una ley que despoja al Banco Central de su autonomía a fin de que el Ejecutivo pudiera apropiarse del “exceso de reservas” para un llamado “fondo de desarrollo”. Lo mismo con PDVSA. Así, el BCR y PDVSA se convirtieron en la caja chica del tirano, que dispone de los recursos de esas instituciones como si fueran su billetera personal, sin controles de ninguna clase. Lo último ha sido la orden a PDVSA de importar alimentos. Solo en ella confía. Naturalmente, PDVSA produce hoy 600 mil barriles diarios menos que hace diez años.

Lo increíble es que esa enorme disponibilidad de petrodólares tampoco le ha servido a Chávez para mejorar la infraestructura de su país, que colapsa por todos lados. La cantidad de apagones se ha doblado sin que haya terrorismo, las autopistas se deterioran sin remedio y hasta el puente que une Caracas con el aeropuerto se cayó. Nadie se explica cómo se puede destruir un país con tanta plata, que solo sirve para regalarla demagógicamente a los pobres corrompiendo su ética del trabajo, ya que viven de subsidios sin trabajar, pues tampoco hay empleo ni inversión. La economía crece sí, falazmente, gracias a esa demanda, socavando las bases del futuro.

Esos fondos sí han servido, en cambio, para multiplicar la corrupción. Ya es famosa la llamada “boliburguesía”, los nuevos ricos bolivarianos. Hasta la delincuencia se ha agravado. Según Gustavo Coronel, del Cato Institute, Venezuela ha conquistado el índice de criminalidad más alto de América Latina: el año pasado 14 mil ciudadanos murieron asesinados, muchos más que en Iraq.

Lo más asombroso de todo es que, siendo así las cosas, Chávez haya derrochado entusiastamente ya más de 20 mil millones de dólares en exportar a otros países este modelo para destruir sociedades. Señor Humala: no compre ese boleto, por favor.

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