¿El sistema casi perfecto?

Por Jaime de Althaus Guarderas para El Comercio

El Gobierno Chino aprovechó las fastuosas olimpiadas que organizó para poner en vitrina su crecimiento y su tecnología y demostrar que su sistema funciona. De hecho, no solo fueron las olimpiadas más espectaculares de la historia, para las que, además, se dio el lujo de parar las industrias y la construcción para que no hubiese contaminación, y mantener las lluvias a raya con disparos químicos a las nubes, sino que por primera vez superó –y largamente– a Estados Unidos en medallas de oro, prefigurando en el terreno deportivo lo que, de seguro, aspira a lograr en el campo de la economía. En este último, sin embargo, la distancia es aún muy grande. La economía china es solo la quinta parte de la estadounidense, aunque, al ritmo actual, tarde o temprano la alcanzará.

Sin duda el Gobierno Chino también quiso legitimar su sistema político ante el mundo, aunque ese mensaje era mucho más difícil de pasar. Es cierto que el crecimiento tan acelerado y sostenido se consigue gracias a tasas de inversión muy altas –un increíble 55% según el libro oficial "China, hechos y cifras 2008", 50% según "The Economist" y 41% según el Banco Mundial–, las más altas, de lejos, del mundo (en el Perú, por ejemplo, la inversión está en el orden del 23% del PBI). Lo que quiere decir que se reprime el consumo de las personas para invertir los ingresos y utilidades en obras de infraestructura, en plantas de producción, en edificios, etc. China es una explosión de edificaciones, y sin duda cientos de millones han salido de la pobreza en los últimos veinte años, pero esa gente, pese a que consume más que antes, lo hace en una proporción pequeña con relación al crecimiento del producto. Se necesita un gobierno muy fuerte para hacer eso posible.

En esa tarea, sin embargo, el Gobierno recibe la contribución de los 10 millones de personas que se incorporan al mercado laboral urbano cada año, que ayudan a mantener los salarios bajos, a reducir las presiones salariales. Por supuesto, no hay sindicatos.

Sin embargo, hay muchas revueltas en la China, principalmente contra autoridades locales. Mantener un sistema político cerrado en medio de una economía cada vez más abierta requiere de un sistema de control político cada vez más sofisticado. Por ejemplo, ya 162 millones de personas tienen acceso a Internet, pero existe un complejo sistema para eliminar de la red cualquier contenido inconveniente. Hay muchos canales de televisión, pero todos son emitidos por un solo gran emisor estatal: CCTV. No hay diarios privados.

Pero, se dirá –parafraseando a Marx–, el sistema engendra su propia contradicción: la libertad económica tarde o temprano infundirá libertad política; la burguesía emergente reclamará participar en las decisiones o exigirá estado de derecho, leyes y jueces que garanticen la inversión (los jueces, por ejemplo, son designados por el Gobierno, aunque –se dice– son cada vez más profesionales y especializados). Sin embargo, ocurre que el Partido Comunista Chino tiene 73 millones de miembros y se debe pasar una evaluación para ser admitido: no todos los que quieren ingresar lo logran. Se convierte, así, en un sistema de selección de la élite del país al mismo tiempo que en un mecanismo de cooptación de todo aquel que tenga interés de participar en la dirección de los asuntos públicos. O que quiera tener poder, simplemente. Con lo que el sistema se cierra casi perfectamente.

Fuente: http://www.elcomercio.com.pe/edicionimpresa/Html/2008-09-05/el-sistema-casi-perfecto.html

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